NINGUNA
ETERNIDAD COMO LA MÍA
(1999) (58 pp)
ÁNGELES MASTRETTA
SOBRE
LA AUTORA
Ángeles
Mastretta (1949). Estudió periodismo en la facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM, donde recibió su título en Comunicaciones. Ha colaborado
en periódicos y revistas como
Excélsior,
Uno másuno, La Jornada
Y Proceso. El periódico vespertino Ovaciones, donde tenía una columna llamada "Del
absurdo Cotidiano", fue uno de los diarios donde inició su carrera
periodística. Es miembro del Consejo Editorial de la revista
NEXOS.
OBRA
La obra
literaria de Ángeles Mastretta destaca primordialmente por una sucesiva contextualización
del pensamiento feminista mexicano de los años setenta y ochenta. Entre
sus obras más reconocidas están:
La
pájara pinta
(1975),
Arráncame
la vida
(1985),
Mujeres
de ojos grandes
(1990)
Ninguna
eternidad como la mía
(1999).
Ángeles Mastretta ha recibido el Premio Mazatlán(1985)
y el Rómulo Gallegos (1997).
RESUMEN
Ante, Ninguna
eternidad como la mía
Estarás
frente a una arrebatadora novela de amor en la que los volcanes Iztaccíhuatl y
Popocatépetl, eternos vigilantes de la Ciudad de México, serán silenciosos
testigos de los sentimientos apasionados por la vida, el amor, la pérdida, la
ilusión ,las expectativas y todo lo que ello implica en la vida de Isabel
Arango, joven bailarina nacida en la costa mexicana en el año de 1904.A los
diecisiete años, Isabel toma la decisión de dejar su casa, su mar, a sus padres
y hermanos e irse a la capital a probar suerte como bailarina. Llega a vivir a
casa de Prudencia Migo ya, simpática viuda quien la recibe como si se tratara
de su propia hija. Ingresa a la academia de baile de Madame Girón y se esmera
por conseguir su sueño. La vida le premia, le concede el ser una triunfadora en
lo que eligió ser y también a conocer, disfrutar y sufrir por amor.
Isabel conoce a Javier Corzas, joven poeta y telegrafista con quien aprende a
gozar, ser feliz, intuir el cielo y sufrir la terrible caída de volver a
la tierra. Sin embargo, lo que vivió ya prendió le hace valorar la vida y
“bendecir sus arrebatos y perdonar los abandonos…” como bien decía su
bisabuela. Será fascinante montar esta novela como obra de teatro, el texto es
corto, pero lossentimientos son múltiples y sobre todo intensos. A manera de
diálogo, se puede crear unguión en el que destaque la vehemencia, el ardor y la
fuerza por vivir la vida intensamente.
PERSONAJES:
Principales: Isabel Arango. Javier
Corzas.
Secundarios:
Prudencia Migoya (dueña de la casa a donde llega a vivir Isabel)
Pablo
(amigo de Isabel)Incidentales: Alice Girón (maestra de baile)Padres de Isabel.
Compañeros
de clases
Ninguna
eternidad como la mía
Isabel Arango creció intensa y desatada
como el olor del café. Había nacido un catorce de marzo, cerca de la estación
de trenes de un puerto azul al que desembocaba el inmenso río Papaloapan. La
mañana de ese día su madre sintió llegar, junto con los avisos del parto, la
primera lluvia de unas nubes que trajeron a la zona el ciclón más fiero que
pudo caber en la memoria de aquel pueblo. Llamado de urgencia, su padre caminó
bajo el agua las tres calles que separaban su casa de la tienda de mercancías
varias en la que se ganaba la vida. Empapado y febril cruzó el patio y alcanzó
la escalera para correr hasta el cuarto en que su mujer paría sin alardes a uno
más de sus vástagos. Habían tenido cuatro varones durante los pasados cinco
años, la niña llegó por fin haciendo más ruido que ninguno de sus hermanos. Mientras
abría los ojos al mundo de agua que todo lo rodeaba, en la estación
del ferrocarril el viento arrancó los techos que cubrían a los viajeros en
espera de un tren cuyos vagones quedaron volcados fuera de las vías. Un ruido
de diablos caído del cielo estremeció el crepúsculo y no dejó de llover en tres
semanas .Todo aquel barullo no fue sino el inicio de la inquieta y jaranera
niñez de Isabel Arango, la quinta hija de un matrimonio de emigrantes
asturianos que ,trabajando a la par, había conseguido hacerse de la tienda más
ecléctica de un puerto en el Atlántico. Lo mismo vendían sardinas que libros de
mecánica, novelas, jamón de jabugo, queso manchego, listones, harina, chiles,
bacalao, y pan para judíos, cristianos y descreídos. Nunca una panadería había
dado tantísima variedad de panes y jamás una tienda de comida se había atrevido
con tal descaro y buen orden a dar albergue a un estante con libros, pero aquel
era un puerto capaz de libertades y mezclas como no hubo en el país otro
mejor. Jugando como un niño y odiando la costura como una niña, Isabel
aprendió lo esencial en una escuela del gobierno que cambió de ideas y
reglamentos tantas veces como cambiaron los gobiernos entre 1908 y 1917, año
este último en el que se dio al país una nueva Constitución Política y a Isabel
un certificado de enseñanza media. Lo que siguió fueron las mañanas ayudando a
sus padres en la tienda y las tardes para leer y bailar. Tenía Isabel un gusto
por la danza muy raro en aquellas latitudes. Sin embargo, había dado
con una exiliada rusa que gastaba sus horas bailando y que en dos años le
enseñó cuanto sabía y la ayudó a colocarse entre ceja y ceja la certidumbre de
que nada haría mejor en la vida que ser bailarina. Así las cosas, no hubo nadie
capaz de interponerse entre ella y su afán de ir a estudiar a la ciudad de
México. Un año de ruegos diarios convenció a sus padres de queentre ellos y la
contumacia de su hija debía haber todo menos un abismo. Asíque le buscaron
lugar en la casa de huéspedes de una mujer con la que habían hecho amistad,
cuando ella y su marido pasaron una temporada en el puerto. Se había quedado
viuda y mantenía su casa frente al parque de Chapultepec dando albergue a quien
su entraña le aconsejaba que merecía tal confianza. En cuanto supo que la hija
de los Arango quería vivir en México, escribió poniéndose a las órdenes de la
familia y pidiendo que desde ya la niña y sus padres consideraran suya la casa
en que ella tenía viviendo más de treinta años. Desde que Isabel era niña,
sus hermanos jugaban a bajarle el aroma desatado con un poco de leche y todavía
su padre fue a la estación del tren cargando un vaso con algo de la ordeña
matutina para intentar que ella la bebiera antes de irse, pero Isabel tuvo la
precaución de no tocarlo, porque temía flaquear frente a los ojos de
animal abandonado que su padre ocultaba mirando al frente como si algo se le
hubiera perdido en el infinito.—¿Qué se te pudo ir tan lejos? —le
preguntó su madre—. ¿Por qué no te quedas a vivir y a tener hijos en paz?—¿Para
qué luego me dejen como yo a ustedes? —le contestó Isabel .Después la
abrazó unos minutos largos y cuando la soltó cruzó los brazos esperando la
bendición de todos los días. Su madre creía en el Dios de los cristianos con la
misma fe con que hubiera creído en el de los chinos, si china hubiera
sidoy no asturiana. Así que le puso la mano en la frente y luego la bajó hasta
su pe-cho para terminar de persignarla en silencio. Entonces ella volteó a ver
a su pa-dre y le guiñó un ojo.—Siempre has hecho lo que se te ha pegado la
gana, no veo por qué me sor-prendo ahora —dijo él mientras la abrazaba como si
quisiera acunarla igual quela primera noche de sus vidas bajo el ciclón—. Vete
con paz. Te queremos, ya lo sabes .Isabel subió al tren y sacó la cabeza por la
ventanilla. Mientras el hermoso animal de fierro empezaba a girar sus ruedas
alejándose despacio de la únicatierra y el único mar de todos sus amores, ella
se tragó las lágrimas moviendo los dos brazos como si bailara contra el
aire.—Cuídate el corazón —oyó decir a su padre.—Te lo dejo —contestó ella.
Luego metió el medio cuerpo que llevaba de fuera y se sentó a llorar con la
cabeza entre las piernas. Tenía diecisiete años, era enero de 1921.Se dejó
acariciar por el aire cálido y salobre aún que la envolvía. En la
ciudad de México haría frío, en dos semanas estarían por iniciarse los cursos
en la única escuela de danza que su maestra rusa consideraba
confiable. Una rara y peque-ña institución creada por
madame Alice Girón, una maestra francesa de la Pavlova que
llegó a México en los arduos días de la guerra y se instaló a vivirlo como si reinara la paz. Por recomendación de su primera maestra, tan
amiga dela francesa como aventureras podían ser ambas, a Isabel la
había aceptado sin ponerla a prueba. Le dio tres meses para demostrar que tenía
tamaños antes de recibirla en definitiva. El futuro parecía suyo, pero por
primera vez lo miró sin desafiarlo. No conocía a un
alma de entre las muchas que habitaban la ciudad de los palacios
y los lagos, la ciudad de la que salían las guerras y las órdenes presidenciales, la ciudad que despierta a dos mil metros de altura bajo
el augurio de dos volcanes. Isabel viajó
varios días antes de verlos la
primera vez. Hasta que una tarde apareció
en el horizonte la luz enigmática y embriagadora que los envuelve. El Popocatépetl y la Ixtazíhuatl, así supo desde niña que se llamaban. Su
madre solía contar la historia de un pariente asturiano que
enloqueció al mirarlos y se volvió sin pensarlo hasta
Priesca, el pueblo verde y pobre del que había salido a buscar fortuna. Fue por recomendación suya que los Arango prefirieron quedarse en tierras bajas, a la vera del mar, y se lo agradecían. Habían
sido felices frente a esas aguas, entre la gente salada y locuaz
de aquella tierra. De todos modos se habían vuelto tan mexicanos como cualquiera
de los que a diario se dejaban deslumbrar por el cielo cercano a los impasibles volcanes, bajo los cuales encontraron los aztecas un lago con un nopal y encima el
águila devorando una serpiente que se acomodó en el centro de la
bandera cuando estas tierras pasaron a llamarse México. Los volcanes aparecieron frente a los ojos de Isabel mientras el tren
llegaba a laestación de Puebla, y desde entonces quiso reverenciarlos.
No se atrevió si-quiera a preguntarse las razones de su atracción por ellos.
Le bastó su imponen-te belleza para considerarlos cosa sagrada, le bastó saber
que ya estaban ahí mi-llones de años
antes de que la especie humana llegara al mundo. Impávidos yheroicos, insaciables y remotos. Ellos sí que mandaban en México, nadie
que sepusiera bajo su amparo estaría solo en esas tierras. En su
nueva vida, seprometió, todas sus pérdidas habrían de pasar por ellos y
cuanta historia laconmoviera la sabrían sus abismos. Con semejante convicción
perdió el pocomiedo que aún rumiaba y se instaló a vivir en la casa de
doña PrudenciaMigoya, una mujer suave y trabajadora que le hacía honor a
su nombredejándola entrar y salir, comer y dormir a su aire.—La ciudad todavía está peligrosa —le dijo tras el desayuno la primera
mañana en que saldría al mundo—. Ayer estalló una bomba frente a
la casa del arzobispo y otra en la tienda de alhajas "El
Recuerdo". Pero tú no vas a andar por esos rumbos.
Cuida que no te quiten la bolsa y si te la quieren quitar, deja que se la lleven. Baila bien que es lo que importa.
II
Viéndola
bailar a solas, sin imaginarse que la mirarían, una tarde cualquiera entre las
altas paredes del salón que albergaba sus clases, madame Alice, la directora de
la escuela, entendió que la índole de Isabel estaba cruzada por la fiebre de
quienes viven el arte como una religión. Y no necesitó más para dejarla quedarse
a trabajar en el intento de convertirse en profesional. No sería fácil, de cincuenta
que ingresaban conseguían permanecer menos de siete. La danza es una disciplina
de locos y de jóvenes, por eso Isabel parecía una promesa y cualquiera que la
hubiera visto bailar aquella tarde hubiera estado de acuerdo con su maestra en
que la vida valdrá la pena mientras haya en el mundo seres capaces de hacer
magia cuando profesan una pasión. No estaban los tiempos como para
empeñarse en bailar, aún ardían las brasas de lo que fue su ardiente
revolución; sin embargo, Isabel bailaba ocho horas diarias y comía una vez al
día. Se puso delgada como sardina y ojerosa como un mapache, le brincaron
los pómulos y le crecieron los ojos, tenía el vientre plano como un remanso de
agua y los pechos firmes y pequeños como duraznos. El cuello se le estiró junto
con las piernas y sólo le quedaban los labios gruesos de su abuela materna y la mirada
oscura de los Arango como prueba irrefutable de que aún era ella. Así pasaron
casi tres años. La ciudad se dejaba vivir y para Isabel fue fácilllenarse de
amigos. No sólo entre sus compañeros de clases, que los tenía de todos tipos:
mujeres elocuentes y una minoría de hombres extraordinarios a los que en un
país de pistolas les había dado por bailar, sino entre los amigos de esos
amigos, casi siempre periodistas, poetas o pintores, pero también uno que otro
político y una que otra piruja .Había en su curso dos muchachos que hacían
pareja, y se amaban o peleaban con la misma fruición que marido y mujer. Cuando
la cosa se ponía muy difícil uno de ellos dejaba las lecciones con tal de no
mirar al otro. Si estaban a punto de una ruptura no iba ninguno de los dos.
Isabel se hizo amiga del más joven, un muchacho con la boca suave de una mujer
y la hermosa espalda de un hombre. Un muchacho de pies pequeños y piernas
largas que cuando en los ensayos la tomaba en sus brazos para alzarla al cielo
inalcanzable de las bailarinas, le contaba cómo sufría su corazón en vilo o
cuál era la triste incertidumbre de sus finanzas. Al terminar los cursos
normales seguían las pláticas enel tranvía que los llevaba hasta una clase de
danza regional que no estaba en elprograma de la escuela, pero que igual les
parecía imprescindible. El muchachose llamaba Pablo y era un lector desordenado
que iba de Rubén Darío aFlaubert y de Jorge Cuesta al barón de Humboldt. Se
reunía a tomar tragos conun grupo de hombres que le hubieran ganado la guerra
de machos a PanchoVilla y que se emborrachaban con decisión y desafuero cuatro
de cada sietedías. Al principio porque sus ideas los obligaban a la tolerancia
y después por-
que
aprendieron a quererlo, ellos aceptaban a Pablito en su mesa y jamás
hacíanbromas sobre sus gustos de sexo y profesión. De vez en vez, hasta iban a
verlobailar cuando se presentaba en público.En una de esas noches, que fue
Javier Corzas, poeta y telegrafista, descubrió lafiereza deslumbrante con que
se movía Isabel Arango. Bailaba dentro de ungrupo, pero él pensó que era ella
quien perfumaba el aire por el que ibancruzando su precisa cintura, su espalda
pequeña, sus brazos largos.En la segunda mitad del programa, Isabel bailó
una coreografía para ella solaque había dependido de su propia inventiva. Era
un tristísimo cantar mexicanoque cuenta los pesares de una mujer borracha que
debe dejar su pueblo y suamor, para irse a la ciudad siguiendo el destino de su
patrón. Isabel empezó elcanto moviéndose con la finura un poco rígida que
impone el ballet clásico,subida en unos zapatos de puntas romas sobre las cuales
giraba como unamuñeca de cuerda, presa de una incipiente borrachera. Luego,
mientras seguíabailando se desató los lazos que ataban sus zapatos a sus
piernas y terminó portirarlos lejos mientras el juego de sus manos rompía
la noche en dos y una luz leiluminaba el gesto haciéndola parecer un
sortilegio. La borrachita desgarró suvestido y cayó al suelo donde su
cuerpo se estremeció simulando la embriaguezmás acongojada y armoniosa que
hubieran visto los ojos de aquel público. Losúltimos acordes la siguieron a
perderse extendiendo los brazos desesperadoshacia un horizonte de
nada. Javier Corzas se levantó antes que nadie y aplaudió arrebatado,
seguro de queeso era lo más estremecedor y desafiante que alguien había bailado
nunca. Trasél quienes llenaban el teatro demostraron estar de acuerdo con
aquello que bienpodía llamarse un desafuero y lo aplaudieron hasta que Isabel
se bajó delescenario y corrió a buscar refugio entre los brazos de doña
Prudencia, su gorday maternal casera. De ahí la separó el llamado de Pablo, a
quien Corzas le habíaexigido que lo llevara junto a ella.—¿De qué cielo caíste,
mujer endiablada? —dijo el poeta—. Bailas como unadiosa.Isabel lo escuchó decir
mientras le recorría el cuerpo con los ojos críticos quehasta entonces usaba
para mirar a los hombres cuando la elogiaban.—¿Eres periodista o político?
—le preguntó.—Soy poeta y trabajo en telégrafos. Pero desde hoy me
dedico a mirarte.Isabel sintió que hasta los volcanes estarían de acuerdo
en que a ella le gustaraaquel hombre. Tenía los ojos de desamparo y las manos
largas y fuertes. Unasonrisa cínica y una voz de gitano. Semejante mezcla, lo
presentía, era más peli-grosa que pacífica, pero no quiso sino rendírsele.
—Te
invito a cenar hoy o a comer mañana —dijo él como si ordenara.—A comer mañana
—contestó ella aplazando la fiesta para darse el tiempo degozar esperándola.Esa
noche se fue a dormir con una borrachera de euforia tan irrefutable como laque
había bailado. Era viernes. El sol del sábado la despertó hasta las once conel
pelo revuelto y el espíritu reticente. Ya no le parecía tan buena la idea de
irsea comer con un desconocido. Además, pensó, ese hombre en la cara lleva
escritoel "yo gano siempre y cuando pierdo arrebato".—No seas
miedosa. Siempre es mejor el riesgo que el tedio —le dijo doña Pru-dencia
mientras la acompañaba a sorber su café.—¿Me lo aconsejas con tu nombre
en la lengua? —preguntó Isabel.—Con todito mi nombre y mis
presentimientos, que a veces valen más.Isabel le dio un beso y volvió a meterse
en la cama. No conocía otro modo deexorcizar el mal humor de la mañana, sino
repetir el final de la noche y rogarporque el siguiente amanecer fuera con el
pie derecho.Tuvo suerte. Despertó a la una y media recordando sólo el buen
gusto del éxitoy dispuesta a olvidarse del terror que tal éxito provocaba en el
centro mismo desus entrañas. Ella estaba enseñada a trabajar en silencio, a
bailar porque sí, porel placer de hacerlo. El asunto de los aplausos, sobre
todo esta vez que habíansido sólo para ella, le daba más desazón que
dicha.Se metió en un clásico vestido de talle largo y falda corta, y buscó los
zapatoscon los que parecía andar de puntas. Doña Prudencia la revisó al cruzar
la salay silbó para sus adentros.—Que la vida te guarde esa melena y
esos hombros —le dijo. Luego la acompa-ñó hasta la puerta.
III
Javier
Corzas la vio salir con la luz del mediodía entre los ojos y pensó que seríabueno
abrazarla desde ya. Isabel extendió la mano fingiendo un aplomo que nosentía y
lo saludó con un gesto de la cabeza.—¿Cómo te amaneció, borrachita? —preguntó
el poeta Corzas.—Cruda —dijo Isabel con la sonrisa a medias.—Ahorita
te compongo con la mezcla infalible —prometió él tomándola delbrazo.Fueron
hasta un lugar, sobre la calle de Correo Mayor, que era al mismo tiempocomedor
y cantina. Se llamaba "La barca de oro" y tenía dos secciones.Una
a la que sólo podían entrar los hombres que se nombraba "La barca", y
otraen la que se permitía la entrada con las mujeres, a quienes honraron
llamando"El oro".Sin preguntarle a Isabel, Corzas pidió dos cervezas,
dos tequilas con limón ydos vasos de ostiones.—No quiero hacer esa mezcla —dijo
Isabel.—¿Qué otra cosa se podría esperar de una niña de su casa? —dijo el
poeta.Va por tu salud —agregó antes de beberse el tequila de un trago. —Así es
comola gente se pierde las cosas buenas de la vida.Por puro prejuicio. ¿Qué, el
tequila es de pobres, la cerveza de corrientes y losostiones del mar? ¿Por eso
ni los pruebas? Allá tú. Pero nada más imagina de loque se pierde la gente que
no come frijoles porque son negros. Pobre de ti, novas a pasar de señorita
de provincia.—De señorita sí voy a pasar —dijo Isabel.—Pues no sé cómo,
porque con esos ascos a lo viscoso.—Chinga a tu madre —dijo Isabel que al
llegar a México había descubierto tansonora respuesta y la usaba con un gusto
que le embellecía la boca. Se la enseñósu amigo Pablito la primera tarde en que
llegó furioso contra el novio, pero lerecomendó que no la dijera más que si
quería pleito o tenía mucha confianza.—¿A chingadazos quieres que nos
llevemos? —preguntó Corzas con la sonrisacomo un aguinaldo.
—No —contestó
Isabel—. Ni te odio ni te tengo tanta
confianza.—Pues qué lástima —dijo el poeta—. La confianza y el odio son
dos de los tresvicios que genera el amor. Y eso sí que me gustaría provocarte.—¿Cuál es el
tercer vicio? —preguntó Isabel fingiendo que no escuchaba la úl-tima frase.—La terquedad —dijo Corzas—. La más dañina.—Y a cambio de sus tres vicios,
¿le ves alguna virtud?—Sí —contestó el poeta—. Emborracha.—¡Qué horror! —dijo Isabel.
Había bebido su tequila en dos tragos y lo sentíaabrasándole la
garganta.—Ni digas, que tú de borracheras no sabes más que bailarlas.—Mejor —rió Isabel.—No seas rejega. Te ha de tocar bailar en otra parte. Es ley bailar de
amores,embriagarse, ir al cielo con zapatos y sin futuro, no tener
miedo de morirse nide estar vivo.—¿Es ley? —preguntó Isabel.—La única ley tangible que conozco —dijo Corzas—. Es ley que de puro ena-morado se llegue a no sentir hambre, ni cansancio, a no tratar con el
tiempo ysus desmanes, a ser dueño de la luz y de la noche. Salud, mi
niña, por todos losamores que han de beber en ti, por la pena y la gloria que te esperan.Isabel quiso
correr de ese hablador que le pronosticaba desgracias y fortunasmientras decía intimidades como quien dice una estrofa del himno
nacional. Pe-ro no se movió de su asiento y levantó su nueva copa para
bebería.—Salud —dijo—, porque la vida sea más sobria de lo que te
parece.—Y tan loca como quieres que sea —contestó él.—¿Vamos a pedir
comida o sólo de borrachos pasaremos la tarde? —preguntóIsabel.—Aquí la comida llega con sólo pedir bebida —dijo Corzas señalando al meserocargado de tres cazuelas que se acercaba a su mesa.Durante las siguientes horas comieron, conversaron y bebieron hasta que latarde los alcanzó creyendo que se conocían desde siempre. Entonces se
echaron a caminar por el centro de la ciudad sin
más tregua ni guía que su deseo deseguir juntos. La pálida luz del
crepúsculo los encontró en el callejón de lastiendas de antigüedades. Ahí
donde las joyas y los simples vejestoriosconvivían sin más diferencia que el
gusto del cliente y el capricho del vendedor.Ahí donde las cosas
nunca tienen el mismo valor que su precio, y dondeentonces eran baratas porque
la época despreciaba lo viejo imaginando quenada podía ser más promisorio que
el futuro.Isabel caminó por las tiendas entre objetos extraños, deleitándose
con la ex-travagancia de cuanto la rodeaba. Hasta que al entrar a un salón
diminuto sucabeza golpeó con las patas de una mecedora que estaba colgada del
techo. Erauna de esas piezas de encino que tienen el respaldo y los barrotes
labrados. Lefaltaba un barrote, pero en el cabezal tenía la cara de un viejo
alegre, acorraladopor su mostacho y sus barbas.—Debe ser un buen consejero
—dijo Isabel que había pedido que le mostraranla silla y se deleitaba
contemplándola.—¿Quién? —preguntó Corzas mientras pasaba un brazo por los
hombros deIsabel.—El viejo este —contestó ella acariciando el respaldo.—¿Y
tú para qué quieres un consejero?—Digamos que voy a querer un oyente —explicó
Isabel—. Desde ahora, perosobre todo cuando sea vieja. Más aún si voy a
emborracharme tanto comopredices y emborracharse depende tan poco de uno y si
cada borrachera mepuede hundir en abismos y noches impredecibles.—¿Yo dije
eso? Ya no me acuerdo. Casi siempre se me olvidan mis discursos, nolos tomes
en cuenta —pidió él mientras metía sus dedos en la melena de Isabelcomo si la
peinara.—Me voy a comprar esta silla —dijo Isabel sacudiendo la cabeza
como un potroinquieto.—¿Ahora? —preguntó Corzas.—Ahorita, en este
instante. Con el dinero que me pagaron ayer, con la gananciade mi primer
borrachera y el compromiso de sentarme a conversar en ella cadavez que esté
cruda. Este viejo me va a oír —dijo acariciando el respaldo de lasilla. Luego
se puso a regatear con el dueño de la tienda. Un hombre menosguapo y más
pestilente que el de la mecedora, buen conversador y mejor mar-chante que entre
piropos y zalamerías aceptó el precio que Isabel quiso darle a su silla.—Te
agradecería que me concedieras el honor de pagar tu vejestorio —pidióCorzas.—De
ninguna manera. ¿No ves que me urge gastar el primer salario? Lo que síacepto
es que funjas como padrino de mi encuentro con la silla que escucharámis crudas
—dijo Isabel. Luego sacó de su bolsa el dinero y tras entregarlo
dijo:—Ahora falta el ensalmo.—¿Cuál ensalmo? —preguntó Corzas.—Uno que yo me sé
—contestó Isabel dirigiéndose hacia la pequeña plaza quehabían dejado dos
calles atrás.En el camino le contó a Corzas la historia de una bisabuela
suya que habiéndoseaburrido de más a lo largo de su vida, le heredó a su
nieta, la madre de Isabel, lamecedora en que se había sentado a recordar
durante sus últimos inviernosasturianos. Además de la silla le dejó un escrito
que debía repetir antes deusarla por primera vez y le hizo prometer que lo
enseñaría a sus hijas comoquien les enseña la única oración necesaria de
sus vidas.Regida por la culpa de no haber cargado hasta México con la mecedora
de suabuela, la madre de Isabel había memorizado el ensalmo y había hecho que
lomemorizara su única hija.—Y dice —comenzó Isabel detenida junto a la mecedora
que Corzas puso sobreun prado—: Yo, Isabel Arango Priede, me comprometo a vivir
con intensidad yregocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por
el miedo que deéste me caiga encima, ni por el olvido, ni siquiera por el
tormento de una pasióncontradecida. Me comprometo a recordar, a conocer
mis yerros, a bendecir misarrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a
no desdeñar nada detodo lo que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me
alegre. Larga vidaprometo, larga paciencia, historias largas. Y nada abreviaré
que debasucederme, ni la pena ni el éxtasis, para que cuando sea vieja tenga
como deleitela detallada historia de mis días.
IV
Tras la
última palabra de su conjuro, Isabel dio una vuelta sobre sí misma yextendió
una larga caravana frente a su mecedora. Javier Corzas había oído su
juramento como quien oye un desvarío y la quisobesar sin más preámbulo. Las
mujeres encuentran asideros en todas partes,pensó, pero no dijo una palabra.
Isabel se había enderezado y él la tomó de lacintura y se puso a besarla
en mitad del parque oscureciendo. Ella tampoco dijonada. Se limitó a
iniciar el cumplimiento de sus compromisos con el ensalmo.Esa noche volvió
muy tarde a la casa de doña Prudencia. Cruzó de puntas elsalón de la entrada y
cuando empezaba a subir la escalera oyó su voz saliendodel comedor:—¿Cómo te
fue mi querido ángel de la noche?—Me fue y me vino —respondió Isabel soltando
la risa más permisiva decuantas se habían soltado en esa casa.—Diablo de
criatura, ten cuidado con tu entrepierna.—Justo siento como estrellas ahí en medio.—Conozco
ese síntoma y es más peligroso que los deseos de castidad —dijodoña Prudencia
persignándose—. Te recuerdo que estás aquí para ser bailarina.No vayas a
terminar con una panza como la de tu amiga Esther.—Pobre Esther, no hizo más que
enamorarse —dijo Isabel.—Sin don, ni tino, ni cuidados —sentenció doña
Prudencia—. Y en esto delamor hay que usar la cabeza tanto como la entrepierna.
Ven aquí que te doyunos consejos —dijo, quitando del sillón la ropa que
remendaba y abriendo unlugar para que la muchacha se acomodara junto a
ella.Hablaron hasta que la luz del amanecer encegueció sus ojos desvelados y
luegose quedaron dormidas una contra la otra. El día las despertó dos
horas después.Isabel brincó a bañarse y salió corriendo rumbo a su primera
clase. Bailó toda lamañana, ensimismada y misteriosa, provocando la curiosidad
de Pablitoque en el descanso de la primera hora se atrevió por fin a
pedirle que se locontara todo por favor.—Todavía no tengo mucho que contar.
—No inventes
—pidió Pablito—. Te lo ruego, déjame vivir de prestado, cuénta-me una historia de amor. ¿No ves que me está secando el abandono?—Te puedo contar el preámbulo de una historia. No sé otra cosa.—Claro que sabes. ¿Qué presientes?—La gloria, pero
sin paz —dijo Isabel.—Mientras no te dejen —suspiró Pablito. Respiraba por la herida de un im-previsto viaje de su novio rumbo a Italia, dizque a estudiar, pero por
todossabido que siguiendo el derrotero de un niño rico que se lo
llevó a ver museospara besarlo bajo la luz de otras lunas.—Mejor que se haya ido ese cabrón mentiroso. Tan horrible que bailaba, tanfeo aliento que tenía —le dijo
Isabel para distraerlo.—¿Te parece que tenía feo
aliento? —preguntó Pablito a quien la falta de hi-giene lo horrorizaba como pocas cosas.—Aliento de sapo
—dijo Isabel, yendo hacia las barras porque iniciaba la si-guiente clase.—Díscola. No me contaste nada —se quejó Pablito.—Cuando haya que contar te cuento —prometió Isabel.Los meses que
siguieron, la vida fue generosa para todos. Isabel dejó que JavierCorzas le tomara la existencia, y Pablito escuchó entre clase y clase toda
suertede milagros amorosos.Al principio cada
descanso estaba lleno de anécdotas en torno al color de la luzque había una tarde y lo frondoso de un ahuehuete en Chapultepec, hasta queel mundo de Isabel se iluminó como ningún otro y Pablo consiguió llegar
cercadel penúltimo recoveco de sus emociones para enterarse de
cómo ibancreciendo y complicándose.—¿De verdad te
besa ahí?—Y también aquí —decía ella señalando lugares más escondidos.—Me das envidia.—Yo también me doy envidia —decía ella abriendo una risa de cometa.Unas vacaciones Isabel
arrastró a Corzas hasta su puerto a conocer a los Arango y a su mar. Como las cartas de su hija llegaban
cada día más llenas de Javier elpoeta, cuando los Arango lo
vieron aparecer con Isabel y la compañía de Pru-dencia Migoya en
calidad de vigilante de recato, ellos lo recibieron con lacalidez conversadora que alegraba sus días. Los hermanos de Isabel se
habíancasado como era debido y la casa frente a la estación del tren tenía recámaras desobra para las visitas. Corzas y doña Prudencia quedaron cada uno en uncuarto. Isabel volvió al que nunca dejó de ser suyo. Ahí recibía todas las
nochesla visita clandestina y por lo mismo más desatada que nunca
de Javier Corzas ysus manos, su quimera.Durante el día,
el mar lució sus mejores brillos y el cielo no dejó cruzar unanube por su impasible
azul. En las mañanas, Prudencia Migoya se sentaba en latienda a conversar con los Arango hasta la hora de la comida, mientras Corzas ysu borrachita caminaban la playa para extenuarla, asoleándose como iguanas
operdidos entre olas con las que jugaban abrazados incluso
cuando alguna losrevolcaba.—La próxima vez que veamos
venir una muy alta, no me sueltes —le pidióIsabel.—No seas loca. Nos ahoga. No se puede nadar uno sobre otro —dijo Corzas.—Todo se puede uno con otro. Anda —pidió ella— que nos maltrate lo que nosmaltrate, pero que no logre separarnos.—Nos va a lastimar —dijo él.—Nada nos puede lastimar —contestó ella negándose a soltarlo cuando la olallegó inmensa y los arrastró como si fueran caracolas, llevándolos hasta
la orillaentre golpes y raspones.Con una
felicidad de pez, Isabel se rió del susto en los ojos de Corzas.—Ven aquí que te lamo la sal
de los rasguños —le dijo.—Te puedes quedar sin piernas,
borrachita —sermoneó Corzas acariciándole lacabeza llena de
arena.—Pero no sin las tuyas —dijo Isabel y se puso a lamerle un
raspón en elhombro.Volvieron a México tras una
semana de amores en la sal, todavía más puestosuno en el otro
que al principio. Y la ciudad los cobijó con sus largos días deverano lluvioso.—La tarde está entrada en sexo
—decía Corzas cuando iba por ella a la acade mia. Y
como si no hubiera bailado toda la mañana, Isabel se desnudaba parauna danza de
prodigios y desvaríos que duraba hasta muy entrada la noche.Después
caminaban desde la calle de Artes hasta la casa de Prudencia Migoya yla
entretenían con la ostentación de sus mutuas devociones y con el recuento desus
varias esperanzas. Entre besos y mimos que a Prudencia le provocaban
máshilaridad y remembranzas que pudor, le iban contando las últimas
noticiasmientras la acompañaban a beber su agua de tila. Javier Corzas escribió
losúnicos poemas alegres de su vida y un editor arriesgado quiso
publicárselos.En la academia de danza había un revuelo porque madame Girón, que
cada vezera más vieja y más sabia, decidió ir deshaciéndose de sus ahorros y
gastaba enpreparar una función de gala, condescendía con Pablito y dos
muchachas quesiempre le pagaban tarde y prometía un viaje para aquel de sus
alumnos quedemostrara ser el mejor.—Tú lo vas a ganar —quiso intuir Prudencia
Migoya cuando Isabel contó elasunto.—Yo no voy ni a buscarlo. Estoy feliz aquí,
tengo todo por aprender, todo porbailar y mucho que besar a mi alrededor —dijo
acercando su boca a la sonrisacon que la escuchaba Javier Corzas.—Isabel,
niña, tú sigues teniendo avidez de virgen —opinó Prudencia Migo-ya— Que la vida
te la guarde. No hay como desear lo que se tiene a la mano. —Y al revés
—contestó Isabel—. No hay como tener a la mano lo que se desea.Óyelo bien,
Corzas, "por ti contaría la arena del mar" —cantó abrazándolo
comosi acabara de encontrárselo.
V
Agosto
llegó como el agua, inolvidable y diáfano. Los volcanes tuvieron nieve
adiario. Y a Isabel le parecieron más elocuentes que nunca. Una tarde subió
conCorzas a la azotea de su casa para mirarlos como si le urgiera preguntarles
algoantes de que la luz desvaneciéndose ciñera su estampa hasta
desaparecerlos.—Cómo te quiero, Corzas. Me doy miedo —dijo Isabel deteniéndose
en él paratomarse un pie con la mano y levantarlo junto con la pierna toda a la
altura desu cabeza. Luego giró sobre el otro pie hasta tenerlo enfrente y lo
besó sin bajarla pierna ni temblar—. ¿Me haces el amor? —preguntó.—Estoy a
tus órdenes, niña —dijo Corzas.Bajaron corriendo al cuarto de Corzas, que
era el cuarto de todos sus anochece-res, a dar guerra, leer poesía y murmurarse
juramentos indescifrables. Cuatrohoras después, salieron a buscarse una cena
con vino como dos camaradasagotados.—Sabia virtud de conocer el tiempo
—sentenció Corzas de repente. Habíanterminado de cenar y bebían una última
copa.—¿Quién dice eso? —preguntó Isabel.—Un amigo mío que fue capaz de hacer un
soneto con la palabra tiempo.—¿Qué más dice?"A tiempo amar y
desatarse a tiempo como dice el refrán dar tiempo al tiempoque de amor y dolor
alivia el tiempo."—Ya no sigas, no me gusta tu tono —le pidió Isabel.—Me
voy a ir, borrachita —soltó Corzas.—A dónde que más valgas y cuándo
regresas —dijo Isabel jugueteando.—A España. Me ofrecen un trabajo y la mejor
comida del mundo. Calles queson como zarzuelas, toreros como milagros y mujeres
que bailan como diosas.¿Qué más puedo pedir?Isabel lo escuchó como quien oye
una tormenta. ¿Quién era ese hombre? ¿Dedónde sacaba esa crueldad de fuego? ¿En
dónde estaba el otro, el de hacía unahora, el de la cama con locuras de apenas
un rato antes?
—¿Y yo?
—pudo decir—. ¿Me quieres explicar, yo qué, de mí qué?—Tú aquí te quedas a
seguir bailando. Y luego te vas de viaje.—Yo ni madres que me quedo aquí. Yo
voy a donde tú vayas. Yo no quiero serbailarina, ni diosa, ni viajar a ninguna
parte. Yo quiero sólo ser tu mujer o tusombra.—No digas más, borrachita. Te
oyes fatal. Tú eres una bailarina, una mujer quese basta a sí misma y una diosa
aunque no quieras serlo. Pero yo no soy deamores largos, ni de quedarme quieto,
ni menos de llevarte por el mundo comosi fueras mi rabo. Mejor me voy ahora que
nos queremos tanto, me voy antes deque le lleguen los vicios a esto que nos ha
salido tan bien. Ya nos tenemosdemasiada confianza, me voy a ir antes de que
nos entren la terquedad o elodio.Isabel se soltó a llorar con las lágrimas que
tenía guardadas para días que nohabía imaginado. No le cabía en la cabeza, pero
menos en la entraña que JavierCorzas inventara irse de su vera. Que de la misma
boca, con la misma lenguaque apenas le jugaba como un pez entre los dientes, le
estuviera diciendotantísima crueldad como quien dice un padre nuestro.—Estás
jugando ¿verdad? —le preguntó.—No, Isabel. Me estoy yendo. Ven, te acompaño a
tu casa —dijo él levantán-dose.Isabel se quedó quieta un instante, mirándolo
como si quisiera guardárselo.Luego se levantó en silencio y en silencio
caminó hacia su casa.—Hoy no entro —dijo Corzas cuando ella abrió la puerta. Y
fue lo último quede él guardaron los oídos de ella.Prudencia Migoya la vio
entrar desbaratándose en llanto y fingió la mismatranquilidad que si la hubiera
visto entrar cantando.—¿Por qué llora mi ángel? —dijo a sabiendas de que
esa mujer no lloraría asímás que por el hombre que no había entrado tras ella
como todas las noches.—Se quiere ir —dijo Isabel.—¿A dónde que más lo quieran?
Apenas anoche te adoraba.—Dice que a un trabajo en España.
—Por
favor, ¿quién le va a dar trabajo en España a un telegrafista revuelto conpoeta?
De eso en España abunda.—Pruden, ¿qué hice yo mal? ¿Qué le hace falta?—Le
sobras tú, niña —dijo Prudencia Migoya jalándola de una mano parasentarla junto
a ella—. Cuando los hombres inventan irse de repente, cuandopasan sin aviso de
la adoración al desapego, es cuando ven a su mujer máscrecida de lo que
soportan. A Corzas le pesa lo buena que eres en tu oficio, lesobra tu avidez,
tu certidumbre de que no hay imposibles, tu terquedad y hastatu certeza de que
podrías vivir sin él.—Mentira, no puedo vivir sin él —dijo la niña
Arango.—Claro que puedes. Y a eso le tiene pavor este hombre, al día en que
te canses ylo dejes. Prefiere irse él primero que quedarse a esperar cuándo te
vas.—¿Cómo sabes eso? Yo no quiero ir a ningún lado —dijo Isabel
recuperando laspalabras.—Una parte de ti no quiere ir, la otra está yéndose
hace rato. No bailas todo eldía para quedarte a zurcir los calcetines de
Corzas. Ven a la cama. Mañanatienes clases. Y no te preocupes, ellos nunca se
van en el primer intento.—Hablas como si hubieras tenido más de un hombre —dijo
Isabel permitiéndo-se una lenta sonrisa.—Niña, yo como Rubén Darío, cuando temo
estar triste bendigo mi suerte y re-pito sin culpa: "Plural ha sido la
celeste historia de mi corazón". Anda, ven a tucama. Mañana con el sol veremos
hasta siempre.Por primera vez en tres años, al día siguiente Isabel no
tuvo ganas de ir a clases.No había dormido sino un rato y al despertar sintió
que el hueco bajo las cos-tillas con el que se fue a la cama, había crecido
durante la noche hasta volverseun abismo. Salió de su recámara en busca de las
luces de Prudencia Migoya. Laencontró en la cocina calentando un poco de
leche.—Bébela y corre si no quieres quedarte sin hombre y sin escuela —le
ordenó extendiendo el vaso con leche. Isabel lo bebió de un tirón y miró a Prudencia
co-mo si fuera un hada madrina. Era gorda y firme, beligerante como un
guerreroy cariñosa como un pastel. Usaba unos camisones llenos de encajes
quehubieran parecido los de una abuelita común, si no fuera porque en lugar
deblancos eran de un rojo desorbitado.—A veces, de sólo mirarte me dan
ganas de creer en Dios —le dijo Isabel dán-dole un beso. Luego corrió a sus
clases.
VI
Acostumbrada
a exigir puntualidad, después de dos retardos madame Girónsuspendía para
siempre el derecho a tomar clases en su academia. De ahí queno entendiera la
tardanza de Isabel.—Algo terrible debió pasarle —dijo en su español gutural y
cantariego.—O prodigioso —sugirió Pablo entornando los ojos.—Nada que la quite
de aquí puede ser prodigioso —dijo la madamedisgustada. Era lunes, llovía. Isabel
entró como una flecha al principio de lasegunda clase. Madame Alice la miró con
un reproche y no mostró compasiónal notar sus ojos atribulados, su gesto
huidizo, su cuerpo en congoja. De sobraconocía ella caras como ésa. Las había
visto una y otra vez desbaratando lacarrera de mujeres que hubieran sido
grandes bailarinas y en cambio fueronmedianas madres de familia. No les tenía piedad.—Primer
y último aviso Isabel Arango. Este lugar es tu vida o te llevas tu vida
aotra parte. Endereza los hombros y párate como si nada te doliera.—Pero
si todo me duele —dijo Isabel.—Para bien. El arte necesita una dosis de
dolor. No nos cuentes tu pena. Menossi es de amores. Vamos. Quinta
posición. Misma rutina. Adelante.La música empezó a sonar como otra orden sobre
los oídos de Isabel y ella lasiguió urgida de una cura. Había perdido toda la
hora de calentamiento y sinembargo podía levantar las piernas más alto que
nunca y estirar la cintura comosi los hombros se los jalaran desde el
cielo. Sus brazos alargados expresabantristeza y toda ella parecía un ensueño
de cristal ardiente, bailando como si notuviera otro destino.—¿Te enojaste con
Corzas? —le preguntó Pablito una hora después durante elbreve descanso.—¿Él te
dijo algo? —preguntó Isabel.—¿Él, a qué horas? Me dices tú que estás
bailando como nunca de bien, como sisólo esto tuvieras.
—Sólo
esto tengo —dijo Isabel—. A Corzas lo invitaron a trabajar en
España.—Permíteme que lo dude —dijo Pablito—. Yo lo que oí es que en telégrafos
lotrasladan al sureste y andaba como perro sin dueño queriendo hacerse
rico paraquitarte del baile.—Tú estás loco, a él le gusta que yo baile —dijo
Isabel.—Un rato, chula, no más un rato. Luego todos quieren cama y
cocina caliente.—Corzas es distinto —dijo Isabel.—Todos son distintos
hasta que se vuelven iguales —dijo Pablito pasándole unbrazo por la cintura a su
desconsolada amiga.La maestra se detuvo en el centro del salón y aplaudió
interrumpiendo los co-rrillos.—Retomamos. Isabel, concéntrate. Estás bailando
muy bien como para dis-traerte —dijo madame Girón haciendo el único elogio que
alguna vez le habíanescuchado sus alumnos durante una clase. Nunca elogiaba a
la hora de enseñar,corregía siempre y cuando lograba que alguien interpretara
su correcciónhaciendo las cosas como ella las quería, dejaba salir un lacónico
y extragutural"correcto". Por eso, para Isabel, aquello de
"estás bailando muy bien" fue comoun bálsamo. La siguiente hora y
media bailó aún mejor que la anterior.—Poquito mejor que correcto —le dijo
madame Girón antes de abandonar elsalón.Habían terminado los ejercicios de ese
día con una rutina en el suelo. Y ahí sequedaron Isabel y Pablito tomados de la
mano, curándose los mutuosabandonos. Ahí los encontró cuchicheando Javier
Corzas cuando apareció enbusca de Isabel, como todas las tardes de los
últimos seis meses.Al verlo entrar ella rodó el cuerpo y quedó boca abajo, con
la cara escondidaentre los brazos.—¿Tan rápido ya te quieres arrepentir de tus
chingaderas? —le preguntó Pablolevantándose de un salto y enfrentándolo con la gallardía
de un soldado.—Tú no te metas, cabrón —le dijo Corzas empujándolo.—Y tú no
me empujes, machito de mierda. ¿Qué te crees? Que se puede jugarcon la entraña
de mi amiga como si yo no existiera. ¿Por qué le inventas que tevas a España?
¿No tienes corazón para ser humilde y aceptar que sólo vas aquía la vuelta?
—¿Te quieres callar? —dijo Corzas—.
Vamonos, Isabel.—¿A España? —le preguntó Isabel sin moverse del suelo.—A donde
quieras —contestó él tirándose junto a ella y abrazándola como sinada hubiera
dicho el día anterior.—A mirar los volcanes —dijo Isabel.Luego se levantó
riendo, se puso la ropa encima de las mallas y sin quitarse loszapatos de
puntas siguió a Corzas rumbo a la casa en la calle de Artes, como sila noche
del día anterior hubiera sido una pesadilla olvidada.—Adiós, débil. Que
sea para bien —le gritó Pablo desde la puerta.No subieron a ver los
volcanes. En cambio pasaron la tarde yendo y viniendopor sus cuerpos desolados
como si llevaran siglos extrañándose.—No sé vivir sin ti —dijo Corzas,
pasándole un dedo por la espalda—. Quieroque vengas conmigo a donde se me
ocurra.—Todo fuera como eso —dijo Isabel, metiendo su cabeza entre las piernas
deCorzas.Esa noche no volvió a dormir a la casa de Prudencia Migoya. Le
avisó que habíarecuperado la fortuna y que no pensaba perderla. A la
mañana siguiente faltó aclases y también a la siguiente. Por una semana
nadie supo de ellos. Pasaron losdías mirándose las risas y las noches caminando
y bebiendo hasta lamadrugada.—¿A dónde te vas cuando bailas como si te
perdieras? —le preguntó Corzas alas tres de la mañana del sábado.—A la
gloria —dijo Isabel evocadora.—¿Y qué tienes conmigo?—Todo.—Qué terca eres,
Isabel —dijo Corzas—. Déjame ir. Sálvate de mí.—Métete aquí y no me
molestes —dijo Isabel llamándolo a la cama. Habíanbebido de más y de más
también se quisieron esa noche. Cuando por fin el can-sancio los adormeció a
uno en el otro, un gallo de pueblo cantó en mitad de laciudad y los pájaros
empezaron su alboroto como si nada.
Isabel
despertó por ahí de las doce con el sol picándole los ojos. Encontró vacíoel
otro lado de la cama. Se acurrucó diciéndose que Corzas había bajado a lacalle
por el periódico. Pero tras media hora de espera, un susto le picó el ceño.Se
levantó de un salto y caminó hacia la mesa en que Corzas acostumbrabapasar
horas leyendo. Le sorprendió un orden que no había el día anterior. Noestaba el
tiradero de libros y cuadernos de Corzas. En su lugar sólo había unacaja de
madera de olinalá. Isabel la abrió con más curiosidad que aprensión.Dentro
encontró el pañuelo de colores que le habían comprado a una gitana eldía que
les predijo largos años de amor y felicidad, dos servilletas en las queCorzas
le había escrito poemas, el programa del concierto en que estuvieron elviernes,
un pedazo de pared desprendido del muro de una capilla colonialcuando se
besaban recargándose en él, dos caramelos. Y una carta de Corzaspidiéndole
perdón por irse sin ella.Isabel la leyó sin llorar una lágrima. Luego, se
lavó la cara. Peinó sus cabellos endesorden, cargó la caja y salió del
cuarto como quien deja el cielo.Llegó a la casa de Prudencia Migoya por
ahí de las tres de la tarde y la encontrócomiendo a solas en una mesa con
platos y cubiertos para una persona más.—¿Esperas a alguien? —le preguntó Isabel.—A
ti, mi diablo —dijo ella con una sonrisa grande como una casa de benefi-cencia
pública.—Podría yo suicidarme.—Si ese final merece tu historia —contestó
Prudencia Migoya.—¿Y cuál otro? —preguntó Isabel, dejando que unas lágrimas gordas
lecruzaran la cara.—Yo diría que quien ha merecido la dicha puede soportar la
desgracia, y que toda emoción santifica.—Yo no quiero santificarme —dijo
Isabel, derrotada.—Pero quisiste el cielo. No hay cielo eterno. Ahora tienes
que soportar el des-falco de perderlo. Pero la tierra también tiene sus
encantos. Te voy a dar una probadita de alguno. Prudencia Migoya se levantó a
calentar una sopa de hongos y flores de cala-baza. La puso frente al duelo de
Isabel con una cesta de tortillas y una cazo de salsa verde.—No llores y come
un poco. No voy a dejar que te suicides de hambre. Te queda mucho por vivir.
—Tengo
ganas de morirme -dijo Isabel empujando la sopa.—Con que tengas ganas de
algo —le contestó Prudencia acercándole la cuchara los labios. Isabel probó un
poco de caldo y luego volvió a llorar durante los dos meses que siguieron
a esa tarde. Lloraba camino a las clases y llorando bailaba todas las horas de
su rutina diaria. Llorando comía uno que otro bocado de los muchos que
Prudencia Migoya le acercó a la boca, llorando se iba a dormir y dormida soñó
que lloraba.—Mientras baile así, aunque llore así —dijo Madame Girón, sin mostrar
piedad. Prudencia en cambio la consentía hasta llegar al extremo de cantarle en
las no-ches para que se durmiera.—No hay como un arco iris cuando llueve —dijo
una tarde abrazándola. Luego empezó a planear una excursión hasta el pueblo de
Amecameca en las faldas delos volcanes .Isabel fue con ella como iba a
todas partes, sonámbula y hermosa, llorando.—Parecen eternos —dijo tras una
hora de contemplar los volcanes en silencio.—Son lo más cercano a la
eternidad que conocemos —dijo Prudencia—. Ni tus lágrimas van a durar tanto.—Ni
mis lágrimas —aceptó Isabel. Había dejado de llorar hacía una hora—.Espero
que ningún desamor sea tan largo. Pero mi breve paso por el cielo, ese sí que
duró tantísimo. Tengo a estos volcanes de testigos. Ninguna eternidad como la
mía.
